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La realidad de las prisiones de filipinas

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

Mario Dimaculangan comparte el baño con otros 130 presos en una de las cárceles con más superpoblación de Filipinas: la de Quezon City, en un suburbio del norte de Manila.

Dimaculangan, un pseudónimo, ya que su verdadero nombre no puede desvelarse por razones legales, tiene 42 años y lleva 14 en la cárcel. Es el preso más antiguo de Quezon City. Fue acusado de asesinar y robar al familiar de un político en 2001. Él asegura «tener la conciencia tranquila» y ser inocente, pero el proceso sigue abierto y la justicia filipina aún no ha dado un veredicto. Comparece una vez al año.

«Mucha gente acaba loca. Nunca más llega a pensar con claridad. Hay demasiadas personas. Con poco que te muevas te topas con algo o alguien», cuenta Dimaculangan en una de los pasillos de la cárcel, lleno de gente. En Quezo City, hay 3.800 arrestados en espacio creado para solo 800.

Los presos duermen en el suelo agrietado de la cancha de baloncesto, en los peldaños de las escaleras, en hamacas improvidas, bajo las camas.

A cada preso se le asignan cada día 50 pesos (cerca de un euro) para comida y cinco para medicinas. A pesar de ello, gracias a la compra al por mayor de sopa, verduras y carne, la calidad de la dieta es pasable.

Los cubos de agua se emplean como retretes y el olor se ve agravado por las verduras que se pudren en una acequia cercana.

Las condiciones en las que se vive en las prisiones de Filipinas son infrahumanas, degradantes; el resultado de una campaña sin precedentes contra la criminalidad.

En apenas un mes, las fuerzas de seguridad han abatido a cientos de personas y han detenido a millones, cumpliendo así con las órdenes del nuevo presidente: Rodrigo Duterte, que ha hecho de la lucha contra el narcotráfico su prioridad número uno.

Raymund Narag, especialista en justicia penal en la Univesidad Sur de Illinois, en Estados Unidos, dice que esas condiciones de vida son impensables en Occidente.

«Si eso pasara en América, habría disturbios todos los días. El Congreso declararía que esas cárceles son indignas para el ser humano», explica Narag. Y es que, según un estudio en política penal de la Universidad de Londres, el sistema carcelario filipino es el tercero más superpoblado del mundo.

Desde la llegada al poder de Duterte el pasado 30 de junio, más de 4.300 traficantes y consumidores de droga han sido arrestados, según la policía. «Si no hacen nuevas prisiones, tribunales y juzgados, el sistema va a explotar. Hay una crisis humanitaria», se lamenta Narag.

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