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54 años de la muerte de Marilyn Monroe, aún incógnitas sin resolver

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

Poco después de las cuatro de la mañana del 5 de agosto de 1962 se difundía la trágica noticia. La mujer más anhelada por los hombres y envidiada por las mujeres, la diosa del sexo, yacía muerta en su cama del número 12305 de Fifth Helena Drive en Los Ángeles. Contaba con 36 años y una treintena de películas a sus espaldas. Miles de fotografías habían dado testimonio de su belleza y, sobre todo, de la enorme carga de sensualidad que emanaba de sus 1,66 metros de estatura y sus perfectas medidas: 94-58-92.

Durante su infancia se había visto obligada a cambiar constantemente de hogar y, ya adulta, repitió idéntico patrón con los hombres, sumida en una eterna búsqueda del amor que siempre deseó y que fatalmente jamás halló, salvo, quizás, en la figura de su segundo marido, Joe DiMaggio, quien nunca dejó de llevar flores a su tumba pese a que su matrimonio apenas duró nueve meses, incapaz de soportar el beisbolista los lujuriosos ojos que se posaban sobre las curvas de su esposa a cada paso que esta daba.

El estupor recorrió el orbe. Resultaba imposible creer que se hubiera apagado la llama de la rubia más famosa de la historia del cine. Y no porque se careciese de señales de que el trágico desenlace de una vida en la que el brillo de los focos que apuntaban a su cuerpo ocultaba una profunda infelicidad podía producirse en cualquier momento. Marilyn Monroe había llevado a cabo previamente varios intentos de suicidio y de su inestabilidad emocional podían dar fe compañeros de profesión, amantes y especialmente, su psiquiatra, el doctor Ralph Greenson. Simplemente había ascendido al panteón de los inmortales. Su ausencia dejaba huérfano al mundo del mayor icono femenino del siglo XX y este no podía aceptar la tesis oficial: posible suicidio por sobredosis de barbitúricos. Muchos siguen sin poder hacerlo. De ahí que los teóricos de la conspiración continúen haciendo oír sus voces.

Lo cierto es que el campo quedó abonado para ello. Lo que ocurrió en las horas posteriores al momento en que la actriz exhaló su último suspiro es digno del mejor guion de Hollywood: un lapso de unas ocho horas entre el instante de la muerte y el momento en que se dio cuenta de esta a la Policía, testigos que aseguran que se alteró la escena del crimen, una autopsia realizada por un forense inexperto llena de claroscuros y misteriosos personajes moviéndose por el lugar de los hechos.

La tesis más alarmante es la que alude a un asesinato perpetrado por orden de la familia Kennedy. Diversas fuentes apuntan a que John F. Kennedy había mantenido una aventura con la estrella, algo nada raro en un hombre ávido de sexo, bromeaba con que le dolía la cabeza si pasaba más de tres días sin hacer el amor y acostumbrado a jugar con fuego en el pasado había mantenido una relación con una posible espía nazi (Inga Arvad) y compartido amante con el capo de la mafia Sam Giancana (Judith Campbell Exner)-.

Pero ahora la cosa era distinta. Ya no era un joven miembro de una rica familia ni un ambicioso senador sino un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Pasar el rato con la mayor ‘sex-symbol’ del planeta se tornaba imposible, especialmente bajo la escrutadora mirada del director del FBI, J. Edgar Hoover. El encargado de dejárselo claro no fue otro que su hermano Robert Kennedy. Lo mismo hizo con Marilyn. Solo que, en lugar de cortar por lo sano, la actriz pasó de un Kennedy a otro. El fervoroso católico Bobby no pudo resistirse a los encantos de la protagonista de «La tentación vive arriba» pese a estar casado.

A Robert Kennedy lo sitúan varios testigos junto a Marilyn la tarde del 4 de agosto. Entre ellos, Eunice Murray, ama de llaves de la actriz y «perro guardián» de la misma por encargo de su psiquiatra. Fue ella la que oficialmente descubrió el cuerpo sin vida de la estrella. Posteriormente aseguró que Marilyn y Bobby mantuvieron una agria discusión ese día, probablemente a cuenta del diario de la intérprete, aunque su relato de los hechos hace pensar que ella misma tenía algo que ocultar. Así, sostienen quienes se adscriben a esta teoría, caso de Donald H. Wolfe en su libro «Marilyn Monroe. Investigación de un asesinato», el trágico final de Norma Jean Baker se debió a su relación con los Kennedy. Su eliminación, premeditada o accidental, tenía como finalidad proteger al presidente.

Otra hipótesis apunta a Sam Giancana como «cerebro» de la operación para asesinar a Marilyn. El gángster de Chicago, sintiéndose traicionado por los Kennedy, a los que había ayudado a ganar las elecciones en virtud de un pacto con el patriarca del clan, Joseph Kennedy, y que ahora perseguían implacablemente sus actividades ilícitas, clamaba venganza. Habría orquestado el crimen, a instancias de la CIA con la que había colaborado en la fallida invasión de Bahía de Cochinos con el fin de implicar a sus odiados enemigos. Lo habrían ejecutado dos de sus matones, Needles y Mugsy, de acuerdo con el relato efectuado por Sam el hijo del mafioso y Chuck Giancana en su libro «Double Cross».

Sin embargo, ninguna de estas teorías ha podido ser probada. La actuación de la Policía y del forense en las horas que siguieron a la muerte de Marilyn Monroe abrió de par en par las puertas a quienes se negaban a aceptar la versión oficial. Testimonios contradictorios, una escena del crimen limpiada a toda prisa, un cadáver enviado a la funeraria en lugar de a la morgue, como correspondía… La protagonista de «Niágara» tenía la mano en el teléfono cuando fue descubierto su cuerpo sin vida. ¿A quién intentó llamar? ¿Se suicidó? ¿Fue un accidente? ¿La asesinaron? Nunca lo sabremos aún cincuenta y cuatro años después de su muerte.

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LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ