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El Sevilla derrota al Real Madrid y se mete en la Liga

LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

El Sevilla se mete en la Liga y el Madrid de Zidane pierde después de muchos meses. Queda de todo ello una sensación de desencantamiento: Ramos se empató en autogol y Jovetic remontó en el 92.

Fue como un guiño de la Fortuna, que se manifiesta siempre a través de Ramos, un individuo médium, un ser extraordinario.

Zidane sorprendió con la formación de inicio. Tres centrales y Marcelo. Fue interpretado como un 4-4-2 con él de 10, pero no lo fue del todo. Muchas veces asomaba el 3-5-2, y Nacho no subió nunca como haría un lateral normal. Era algo a medias, y con algún problema de ejecución.

Zidane intervino alguna vez para pedirle a Casemiro que se escalonara, pues se hundía entre centrales, y quería estirar y abrir mucho a Carvajal. En el ataque se notaba la ausencia de un peldaño.

Estos comentarios absurdamente tácticos importan porque revelan que el Madrid tuvo un interés primordial y casi único por replegarse. Fue muy parecido a los planteamientos de las últimas eliminatorias europeas en la 11ª.

Muchos hombres detrás de la pelota, posiciones fijas y todo fiado a las contras de un Marcelo eximido.

El partido se comprende si se tiene en cuenta que Modric la tocó poco, y que fue Casemiro el jugador dominador en la media.

Era una declaración de admiración al Sevilla de Sampaoli. Los sevillistas taparon mejor las salidas, mejoraron en eso respecto a la Copa; pero además tuvieron la iniciativa, la posesión y más hombres delante del balón.

Juegan con ritmo. Los jugadores se dan la pelota y a la vez un reto de movilidad, una incitación a una creatividad inmediata, breve. Nadie puede escaquearse y ha de decidir, de modo que hay bastante “verdad” en cada acción. Tiene algo de tormenta de ideas.

Este Sevilla de Sampaoli tiene un momento sublime cuando Lillo asoma y debaten los cambios. Esta pareja cambia a un equipo que conserva el eco lejano de bilardismo: competitividad y trascendencia. El Sevilla es la gran alegría de este año.

Un gran N’zonzi, buscaba mucho a Vitolo y sus elegantes diagonales. Nasri brujuleaba. Tuvo la pelota, pero pocas ocasiones.

La más peligrosa de la primera parte sería del Madrid, que se desperezó en el 34, en una jugada oscilante y sigilosa de Benzema en la que Cristiano remató al aire.

El Madrid enseñaba otra parte del plan: asegurar el cero en la puerta hasta que el partido se fuera manifestando. Zidane parece comprender bien las fases de un partido, lo que un partido tiene siempre de propia revelación y su verdadera duración. Pero esa paciencia falló precisamente por no añadir nada al final.
Cada llegada del Madrid provocaba en Sampaoli unos espasmos tácticos hacia la contención. Era, definitivamente, un gran partido.

La segunda parte comenzó con una gran ocasión de Ben Yedder en el único clareo del Madrid. El Sevilla subía la presión, se ponía ardoroso, pero le faltaba un definitivo desmelenamiento y en el Madrid la preocupación posicional de los jugadores era absoluta y mayor de lo habitual. Modric perdía una pelota y en lugar de presionar o subir a la mediapunta, olvidaba el balón y corría hacia un núcleo de seis. El compromiso con Zidane mutó en la voluntad de mantener una piña de seis jugadores siempre por detrás de la pelota. De algún modo eso también fue hermoso y meritorio. La gran obsesión fue el repliegue, y se olvidó el toque.

Sampaoli tampoco se atrevía a cambiar, y alargaba el momento de las sustituciones. El Madrid comenzó a llegar más y a fallar. Benzema la tuvo clara. El partido ya se agrietaba y el Madrid empezó a tener la pelota. La primera gran posesión acabó con el penalti de Rico tras cumbre de Carvajal. Marcó Ronaldo y el Madrid lo celebró en bloque. Más en bloque aún.

Los cambios de Sampaoli no encontraron un escenario muy distinto. El Madrid llegó a estar con línea de cinco con Casemiro por delante. Parecía aquietarse el Pizjuán, pero ahí no se impuso el Madrid y no hubo cambios que lo electrizaran hacia arriba. No los agotó Zidane, no fue capaz de modificar o añadir nada.

El Sevilla se metía en la Liga y humanizaba a un Madrid cansado. Sus tres partidos fueron un período de transformación. El Madrid logró su mejor cara en los primeros 45 minutos de la Copa, y luego terminó doblegado de un modo progresivo y paulatino. Hasta acabar en la posición del otro.

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LA ESQUINA DE MANUEL NUÑEZ

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